Los Mansos heredarán las deudas

La Tronera de Celemín

Hipocresía

Siempre había sido un niño muy cariñoso y zalamero. Pendiente de su vestimenta, invariablemente impoluto, jamás jugaba al fútbol. A él le gustaban mucho más los juegos creativos, como cuando se inventaba que la pilastra del lavadero, a la que le ponía unos bornizos de mimbraza asidos por los agujeros de los ladrillos, era la escotilla de un submarino a través de la que se introducían los monstruos.
Para su padre, sólo era un zangolotino, un crío pequeño que no iba a madurar jamás.
En el Instituto, no tenía amigos y siempre se le veía acompañado de unas cuantas compañeras con las que compartía gustos y aficiones. En muchos sentidos, era la envidia de los petulantes adanes que le miraban por encima del hombro y que deseaban estar en compañía de aquellas con las que él reía, caminaba, compartía y charlaba amistosamente.
Con la edad, el vehemente amaneramiento en…

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