La primavera debe esperar

La Tronera de Celemín

Complacencia

Acurrucado y sentado en un rincón. Las manos le tapan una cara mojada de una lágrimas que salen de sus ojos como la lluvia de un día de otoño. Los sollozos le parten el corazón e impiden una respiración limpia y acompasada. Uno de los ojos, cercado de color carmesí. Aún le duele la cara. Tanto que no siente el frío que consume sus entrañas y que entra por las rendijas del establo. Al fondo una vaca muge y un asno parece reírse de su llanto. Apenas unos harapos impiden que Winston tenga su negra piel desnuda. No tiene grilletes ni cuerdas pero está inmovilizado por el miedo. Una paliza diaria es suficiente. No quiere recibir más. Una comida al día no es suficiente, pero es una comida. Aunque esté compuesta básicamente por mondas de patatas, un trozo de pan negro y agua de color marrón. Trabajar de sol…

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